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Concepto de Teatro en la
Edad Media y la Moderna
Teatro, Drama
y Espectáculo son tres conceptos estrechamente relacionados y
frecuentemente utilizados como sinónimos, cuando no como comodines
aplicables indistintamente a cualquier actividad ficcional que se
desarrolle en directo ante los ojos de un público. Existe una evidente
dificultad de acuerdo entre los estudiosos a la hora de definir los
límites de cada uno de estos conceptos y su significado en el mundo
medieval y renacentista. Esta dificultad, síntoma de la riqueza y
complejidad del hecho teatral, obliga a quien pretenda abordar el
estudio del teatro en ese período a definir el campo de actuación,
fijar sus límites, y concretar el significado de los conceptos que se
manejan.
Los primeros estudiosos que en la segunda mitad del siglo XIX y
comienzos del XX se interesaron por las manifestaciones teatrales del
medievo, lo hicieron armados con los criterios taxonómicos del teatro
moderno, criterios que, a nadie se le escapa, no existían en la época
estudiada. Se presenta por tanto otra dificultad, no sólo hay que
definir los conceptos que manejamos sino también intentar averiguar qué
es lo que la Edad Media y el Renacimiento entendieron por Teatro.
La primera generación de estudios modernos sobre el teatro medieval,
influida por las teorías de Fustel de Coulanges sobre la función de la
religión en las sociedades antiguas y por el conocimiento del papel que
el ritual religioso había jugado en la aparición del teatro griego,
quiso ver su origen en la liturgia cristiana. En los oficios litúrgicos
la historia relatada lleva en si el germen de la acción dramática, pero
con la aparición de los tropos se introdujo el diálogo, el
otro componente básico del teatro occidental. De acuerdo con esta tesis,
los tropos fueron evolucionando hasta convertirse en verdaderas piezas
teatrales (dramas litúrgicos) con vestuario, escenografía y atrezzo.
El primero de los tropos que se habría convertido en drama sería el
Quem Quaeritis, diálogo musical entre las Marías que acuden
al sepulcro de Cristo y el ángel que lo custodia, cantado en el curso de
la ceremonia litúrgica de la Visitatio sepulchri. La
representación habría ido evolucionando, por agregación y elaboración de
nuevos elementos, hasta convertirse en un drama secularizado con la
utilización de las lenguas romances y la introducción de elementos
profanos y cómicos (escenas del unguentarius). Tendríamos así un
embrión del que surgirían tanto el teatro religioso posterior, que
pronto abandona las iglesias para trasladarse al claustro y al atrio
primero y a la plaza pública más tarde, como el teatro profano que no
haría sino desarrollar la veta cómica del teatro religioso.
Los análisis más recientes coinciden, sin embargo, en destacar que los
denominados dramas litúrgicos sufren a partir del siglo XIII un
proceso de esclerotización y anquilosamiento, incluso con cierta
tendencia a la simplificación, sin que se vean indicios de evolución que
puedan conducir hacia el teatro vernáculo posterior, aunque es cierto
que en algunos lugares como en Rouen la documentación permite seguir
paso a paso el proceso mediante el cual la ceremonia clerical pasa a
convertirse en un espectáculo público en el período que va desde finales
del XIII a mediados del XV. Por otra parte, la larga pervivencia de los
dramas litúrgicos –hasta Trento–, conviviendo además formas muy simples
con otras más complicadas, y la coexistencia en los siglos bajomedievales de los dramas litúrgicos y los
Misterios, pone en tela de
juicio la tesis monogenista y evolucionista de Chambers y Young que
suponía a los Misterios bajomedievales fruto de la progresiva
evolución de los dramas litúrgicos.
Hay que tener en cuenta también que, aunque ceremonias como la
Visitatio Sepulchri tengan para nosotros rasgos que las
aproximen al teatro clásico y puedan ser representadas en la actualidad
como espectáculos teatrales, ello no prueba que sean el origen del
teatro moderno. Nada de esto estaba en la mente de sus creadores, en cuyo
horizonte de expectativas no cabían tales categorías. Para ellos era
simplemente liturgia y ceremonia, y el valor teatral fue algo añadido por
los estudiosos modernos al creer descubrir en ellas la semilla
originaria del teatro. Si la Iglesia, que desde Tertuliano y Crisóstomo
condena no sólo el teatro sino toda forma de espectáculo público, admite
y difunde estas ceremonias dramáticas, es precisamente porque no las
considera teatro.
En los últimos años se ha extendido entre los historiadores del
teatro medieval la denominada “Nueva concepción global”, poligenista, la
cual reconoce la existencia de tradiciones diversas en la dramática
medieval (religiosa y litúrgica, popular y folclórica, culta y
clasicista) que, sin duda, experimentaron influencias recíprocas y un
mutuo enriquecimiento. Así lo expresa la profesora Eva Castro en un
trabajo de 1996:
“En general, hoy se opera con una nueva premisa, que consiste en
descartar la idea de que el drama litúrgico fue el elemento nuclear de
las manifestaciones teatrales de la Edad Media, y asumir su
reconocimiento como una expresión más de la teatralidad de aquella
época, en la que coexistieron tradiciones heterogéneas de orígenes
diferentes (como la litúrgica, la religiosa del drama, la popular de los
Mummers, la folclórica de las fiestas estacionales y combates rituales,
la culta y clasicista de Rosvita y la comedia del siglo XII); esto no
significa que no hubiera influjos recíprocos que contribuyeron al mutuo
enriquecimiento de cada una de estas expresiones. Asumida, pues, esta
nueva propuesta, los estudios más recientes sobre el drama litúrgico se
centran en perfilar la especificidad de esta manifestación y descifrar
la concepción teatral que lo promovió”.
Si es que realmente existía una concepción teatral, ya que por lo
que sabemos, la Edad Media tuvo, al menos desde San Isidoro, una
lamentable confusión sobre lo que había sido el teatro greco-romano del
que se creía comúnmente que consistía tan sólo en la recitación pública
de la obra por parte de un lector. Es un tópico también en la patrística
y las disposiciones regulatorias de Papas, sínodos y concilios, la
condena violenta del teatro, entonces identificado con la actividad de
mimos e histriones que habían desplazado a los géneros clásicos en la
etapa final del mundo antiguo, y en general la oposición a todo tipo de
espectáculo, goce al fin y al cabo de los sentidos y, por tanto, para
algunos sectores de la Iglesia potencialmente pecaminoso.
Incluso los tropos y los dramas litúrgicos fueron atacados por
sectores ultraortodoxos, por encontrarse en el límite de lo que San
Bernardo llamaba “vanas florituras”, aunque se mantuvieron por su
eficacia catequética –y plástica–. Nada, sin embargo, hace pensar que
los hombres de la Edad Media relacionaran estas ceremonias con lo que
sabían del teatro antiguo. Sólo a finales del siglo XII, y como
excepción, tenemos algunos indicios de que en ciertos círculos eruditos
(Fleury, Hilario y sus seguidores, Honorio de Autun, Juan de Salisbury…)
se recuperó una noción correcta de lo que había sido el teatro en la
Antigüedad y se vislumbró cierta relación con lo que se hacía en las
iglesias medievales.
En la Edad Media lo que hoy llamamos, de forma quizá abusiva, teatro, se
designa con un vocabulario variable (ordo, ludus, jeu, play, spel,
en la Península representación y, más tarde, misterio), que
hace alusión en general a una interpretación reglamentada pero que
muestra escasos vínculos con la terminología teatral empleada en el
mundo clásico, la cual sólo se recuperará coherentemente en el Renacimiento.
La famosa rúbrica del Ordo prophetarum de Riga (1205) en la que
se relaciona el Ordo con el teatro romano (“ludus prophetarum
ordinatissimus, quem latini comoediam vocant”), se ha demostrado que
es en realidad una interpolación del siglo XVI por lo que no puede ser
tomada, según se había venido haciendo, como testimonio de una
percepción del carácter teatral de estas ceremonias en la época
medieval.
Hablar por tanto de Teatro medieval no pasa de ser una ficción
conceptual de la historiografía contemporánea. Para algunos autores, como Luigi
Allegri, el teatro medieval no existe, ya que este tipo de
manifestaciones no son teatro sino ceremonia y espectáculo. La Edad
Media careció de Teatro, con mayúscula, pero a cambio procedió a
teatralizar los principales acontecimientos de la vida: La liturgia, la
muerte, las entradas de personajes reales en las ciudades, los torneos,
las fiestas... se rodean de un complejo aparato espectacular integrado
frecuentemente por recursos escenográficos que hoy consideramos
teatrales, incluyendo diálogos, acción, etc.
El mundo medieval, y aún el del Renacimiento, concibe las relaciones
sociales como un espectáculo y la teatralidad lo invade todo. Los
funerales, por ejemplo, eran un auténtico espectáculo público con sus
coros de plañideras, procesiones de cirios y cortejos de deudos y
criados; en ellos más de una vez fue sustituido el difunto por una
persona viva, que representaba diferentes momentos de su vida e incluso
ocupaba su lugar en el sepulcro.
La liturgia, ilustra de forma ejemplar esta tendencia: espectacular
en sus más ínfimos detalles, significa las verdades de la fe mediante un
juego complejo que estimula las percepciones auditivas (música,
cánticos, lectura) y visuales (edificio, vestidos, gestos, baile), lo
mismo que táctiles (beso de reliquias y santos etc.) y olorosas
(incienso, flores, etc.). También la ceremonia feudal del homenaje
constituye una escenificación que podríamos calificar de teatral, al
igual que los Juicios de Dios, o los Banquetes reales y nobiliarios. Allegri
habla de una teatralidad difusa, concepto equivalente a la teatralidad generalizada de Paul Zumthor
o a la teatralidad segunda
de Manuel Sito Alba.
Sólo a partir del siglo XV aparece una especialización teatral en
el sentido que damos hoy a esta palabra, antes de esta época no hay
frontera alguna. No la hay en la práctica escénica ni a nivel de texto
literario. Hasta la centuria final de la Edad Media no existe
propiamente un género teatral, la práctica de la lectura pública hace
que todo texto poético entre los siglos XI y XV sea un mimo, y por tanto
teatro. La existencia de pasajes narrativos en estos textos no supone
necesariamente, como pensaban Chambers y Roy, que hubiera un animador que
intervenía entre los actores, sino que lo que prueba es que en aquel
momento el lenguaje narrativo no era menos teatral que el poético, y la
distinción entre ambos solamente aparece en los siglos XV y XVI. Sólo “desde
entonces, finalmente, un teatro, en todo Occidente, nace en el seno de
la teatralidad ambiente”.
Como señala Auerbach, todos los textos medievales, tanto latinos
como romances, se caracterizan por su sentido comunitario y en su
transmisión prima la inmediatez, no hay distancia entre el que lee y el
que escribe: “Nosotros todos, aquí y ahora”. Más que de lectura,
en la Edad Media hay que hablar de performance, término
con el que Zumthor designa "La acción vocal en virtud de la cual el
texto poético se transmite a sus destinatarios". En el mundo
medieval, en lugar de literatura lo que tenemos es una oratura,
ya que todas las piezas literarias, al menos en los primeros siglos de
la Edad Media, pasaron por una fase oral que constituía una de las
finalidades de los textos, porque su lectura pública era el proceso
usual de comunicación. Y la comunicación pública requiere técnicas
especiales: modulación de la voz, gesticulación, énfasis, impostación...,
muy similares a las que se utilizan en la escena. Hay que tener esto en
cuenta especialmente cuando se analiza la lírica gallego-portuguesa que
esconde, como veremos, un trasfondo dramático por el modo en que
se transmitía.
Tenemos por tanto que admitir que casi cualquier texto
literario medieval, en latín o
romance, tuvo un carácter dramático porque su medio de difusión funcionaba
con parámetros de naturaleza teatral. Esta característica no es
aleatoria sino que forma parte, por así decirlo, de la misma esencia del
texto. El estilo oral característico de la cultura medieval explica la
repetición constante de ciertas fórmulas, expresiones y situaciones, y el
uso sistemático del tratamiento directo y de efectos auditivos. La
aparición en la poesía de vocativos, diálogos y oyentes ficticios,
demuestra que las obras han sido pensadas para su lectura pública y, en
ocasiones, el auditorio aparece citado como testigo de la situación de
diálogo y se introducen referencias al ambiente en el que se está
leyendo-representando.
No hay que olvidar tampoco que, a menudo, los textos son polivalentes,
pueden utilizarse en diferentes composiciones y transmitirse de maneras
diferentes. El texto de una Pasión hagiográfica, por ejemplo, puede ser
leído simplemente en alta voz por un juglar, recitado en forma de
diálogo o representado con actores y escenografía, y lo mismo sucede con
las comedias terencianas de Rosvita, los sermones dramáticos o las
canciones de gesta.
La noción moderna de Teatro implica un acto público en el que se
fusionan dos formas de expresión diferentes: la literaria y la
espectacular. El drama medieval, sin embargo, favorece la
representación, el espectáculo, en detrimento del texto dramático.
Aunque durante los siglos XII al XV tiene lugar un proceso de
cristalización progresiva del texto que adquiere una cierta autonomía
poética, éste no se independiza hasta finales del siglo XV en obras como
la Passion francesa de Arnoul Grèban, uno de los textos poéticos
más importantes de la Edad Media, a la vez dramático y lírico, realista
y bufonesco. En los comienzos, sin embargo, la didascalia juega el papel
fundamental, frente al carácter estático del diálogo. En obras como el
Jeu d’Adam normando, la didascalia es un texto paralelo, vivo,
cuya función es conativa y metalingüística.
Hablar de Teatro antes del siglo XVI, es peligroso por las
implicaciones que el término tiene en nuestra cultura. Hoy se prefiere
hablar, como Roland Barthes, de teatralidad, concepto que, no
cabe duda, tiende a convertirse en cajón de sastre en el que cabe todo,
porque todo en la Edad Media es teatro, desde los ritos bautismales
hasta las ejecuciones públicas y los Autos de Fe, auténticos
espectáculos en los que cada detalle está cuidado al máximo para obtener
efectos dramáticos y a los que el público acudía en masa no por su
carácter ejemplarizante sino por su espectacularidad.
Pero decir que todo es teatro equivale en la práctica a que nada lo
es. Así lo ha entendido Alan Deyermond en una ponencia en la que
pretendía, con especial atención al caso español, fijar los límites de
la teatralidad en el medievo y separar claramente lo que es teatro de lo
que “se acerca al teatro sin serlo”, es decir lo que no cumple las
condiciones que él considera necesarias en el hecho teatral (el
obispillo, los torneos, la Danza de la Muerte, etc.)
Es necesario, por tanto, definir el concepto de teatro en la Edad
Media y diferenciar éste del espectáculo y de la simple dramatización.
Las profesoras de la Universidad de Santiago, Eva Castro y Pilar Lorenzo
proponen una fórmula compuesta de cinco ingredientes: diálogo dramático,
impersonation, ejecución en un espacio concreto, acotaciones y
acción e intriga. Estos rasgos, por separado, pueden existir en otros
géneros (el diálogo en textos narrativos, las acotaciones como
indicación al lector en textos líricos, etc.), por lo que es necesario que
aparezcan juntos para que pueda hablarse en propiedad de Teatro. No son
por tanto, para ellas, teatro, el Obispillo, las ceremonias de la
Depositio y la Elevatio, y las procesiones de Ramos, del Pendón y
del
Corpus. Tampoco lo son los cantos de la Sibila, ni la actividad
dramática de sermones y homilías.
En cuanto al espectáculo, comparte con el teatro ciertas
características (ejecución de un acto que se ofrece a la contemplación
de un público, copresencia de emisor y destinatario, simultaneidad de
emisión y comunicación, posibilidad de incorporar la impersonation…)
lo que explica las confusiones. La distinción es correcta, pero siempre
que nos demos cuenta de que estamos aplicando al análisis conceptos
modernos y taxonomías que no existían en la mente de los autores
medievales, que tan sólo pretendían llegar al público por medio de la
palabra y/o del espectáculo. Como ha señalado Díez Borque: “ni la
literalidad, ni la espacialidad, ni la forma de comunicación definen por
si mismas al teatro, sino la particular manera que cada época elige para
relacionarlas e integrarlas”. Y la Edad Media decidió integrarlas
con la vida ya que, al fin y al cabo, cualquier ser humano sabía desde San
Bernardo que el mundo es un gran teatro y todos somos actores a los ojos
de Dios.
No puedo pretender resolver aquí el asunto de la definición del
teatro medieval. Tan sólo reconocer que mi criterio a la hora de recoger
testimonios gallegos ha sido totalmente abierto ya que, desde mi punto de
vista, poco importa que las ceremonias, espectáculos, dramas, o como se
los quiera denominar, cumplan las condiciones que en el siglo XXI
asignamos a lo teatral o dejen de cumplirlas. Quizá sería mejor hablar,
más que de teatro, de artes escénicas o de espectáculo, pero, en
cualquier
caso, todo el mundo parece estar de acuerdo en que lo que hacen la
Fura dels Baus o grupos parecidos es teatro (porque se presenta
como tal), mientras se le niega el
carácter teatral a espectáculos similares en la Edad Media y la Moderna. Por mi parte, con un criterio amplio de lo que creo fue la
teatralidad en la época que nos ocupa, he abordado el estudio tanto del
Teatro en sentido restrictivo como de cualquier espectáculo público,
ceremonia, ritual o representación con contenido dramático y/o
espectacular.
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Regularis Concordia
del obispo S. Aethelwold. British Library, Cotton, Tiberius A
III, c. 973. Probablemente la primera aparición de tropo del Quem
Quaeritis?

Antifonario de Hartcker.
Ilustración de la Visita de las Marías al sepulcro y texto del Quem
Quaeritis? Biblioteca del monasterio de Saint Gall, cod. 391 (ca.
1000).

Terence des Ducs.
BnF, Cod. Lat. Ars. 664. ca. 1410. Edición medieval de las comedias de
Terencio con un lector (Callopius) leyendo el texto y los ioculatores
mimando.

Martirio de Santa
Apolonia. Miniatura de Jean Fouquet en el fol. 121r del Libro de
horas de Etienne Chevalier (Museo Condé de Chantilly, siglo XV). La
escena reproduce en directo una representación teatral con las
mansiones al fondo, el meneur de jeu que dirige la obra y los
sayones y juglares que torturan y escarnecen a la santa. |